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El
premio Nobel de literatura - 1946
Discurso de
otorgamiento de Anders Österlin, secretario permanente de la Academia
Sueca
Majestad, excelencias,
señoras y señores:
El premio Nobel se le ha otorgado a un escritor que se hizo famoso en
todos los campos que abordó, un escritor de origen alemán que creó sin
preocuparse del favor del gran público. Hermann Hesse, que hoy tiene
sesenta y nueve años de edad, puede remitirse a una importante producción
de novelas, novelas cortas y poesías, que en parte se han traducido al
sueco. Ha sido uno de los primeros escritores alemanes que se liberó de la
influencia de la política al asentarse en Suiza ya antes de la Primera
Guerra Mundial, y que en 1924 obtuvo la nacionalidad suiza. Pero en este
sentido hay que observar que Hermann Hesse, en cuanto a su procedencia y
sus vínculos personales, ya pudo considerarse en su juventud como un suizo
tanto como un alemán. Como ciudadano de un país que formó parte de las
potencias neutrales protectoras de Europa, pudo dedicarse a su importante
tarea literaria con una relativa tranquilidad, y los resultados han
demostrado con su evolución que, junto con Thomas Mann, se le puede
considerar el administrador más digno del legado cultural alemán dentro de
la literatura contemporánea.
Más aún que en la mayoría de los demás escritores, en Hermann Hesse hay
que tener en cuenta sus condiciones personales para que pueda surgir un
concepto de los elementos, de hecho asombrosos, de su naturaleza. Procede
de una familia suaba estrictamente pietista; su padre fue un famoso
conocedor de la historia de la iglesia; su madre, hija de un misionero de
origen suabo y de una suiza romana, se había criado en India. Naturalmente
se decidió que el hijo fuese teólogo y se le envió como alumno al
seminario de Maulbronn. Huyó de allí, se hizo aprendiz de un relojero y
más tarde fue ayudante de librero en Tubingia y Basilea. Su rebeldía
juvenil contra la religiosidad de la familia, una religiosidad que en el
fondo de su propia esencia escondió durante toda la vida, se renovó con la
violencia de una dolorosa crisis interior cuando él - un hombre ya hecho y
escritor conocido en su patria - abordó, en el año 1914, nuevos caminos
que se alejaban mucho de los idílicos lares donde hasta entonces había
vivido.
En el fondo se pueden mencionar dos motivos que determinan el repentino
cambio total que se produce en la obra de Hermann Hesse. Primero,
naturalmente, es la guerra mundial. Cuando al comienzo quiso dirigir a sus
excitados colegas algunas palabras de reflexión y tranquilidad, y en su
exhorto hizo suyo el lema de Beethoven: "¡Oh, amigos, esos tonos no!",
suscitó una tormenta de indignación. La prensa alemana le atacó con
dureza, y desde luego se tomó esta experiencia muy a pecho. Al mismo
tiempo, el ataque le confirmó que toda la cultura occidental, en la que
durante tanto tiempo había creído, estaba en proceso de descomposición y
amenazaba con desmoronarse. La solución tenía que buscarse fuera de las
reglas en vigor, quizá a la luz de Oriente o también como germen en la
teoría ética anarquista del retorno del bien o del mal en una esfera
superior. Enfermo y dubitativo, buscó la curación en el psicoanálisis
freudiano, entonces difundido y practicado con tanto entusiasmo. La teoría
de Freud también dejó profundas huellas en las obras que publicó Hesse en
aquella época, cada vez más osadas. Esta crisis personal encontró su
expresión más magnífica en la imaginativa novela Der Steppenwolf
("El lobo estepario"), que apareció en 1927 y que describía de modo genial
la dualidad de la naturaleza humana, esa tensión entre el impulso y el
espíritu en un mismo individuo que se coloca fuera de los criterios
sociales y morales cotidianos. En esta extravagante historia del ser
humano que, atormentado por su enfermedad nerviosa, es un apátrida en
todas partes, igual que un lobo perseguido, Hesse creó algo incomparable,
un libro cargado de materia explosiva, peligroso y ominoso, si se quiere,
pero al mismo tiempo liberador por su mezcla de humor sombrío y de poesía,
con los que Hesse impregna el relato. Se trata de superar los obstáculos,
pero a diferencia de la gran mayoría de las novelas influidas por Freud
que se escribieron en los años veinte y treinta, Der Steppenwolf
("El lobo estepario") es una obra original e inspirada. Pese a todos los
problemas modernos, Hesse se mantiene en la línea de la mejor tradición
alemana; el personaje clásico que recuerda este extraño y sugestivo relato
es E.T.A. Hoffmann, el creador de los "Elixiere des Teufels" ("Elixires
del diablo").
Como segundo factor que influye en la obra de Hermann Hesse se puede
considerar que era nieto de Gundert, el famoso conocedor de la India, y
que ya en su niñez se sintió atraído por todas las fuentes a su alcance de
la sabiduría india. Cuando Hesse, en los años de madurez, realizó un viaje
al país de sus anhelos, no se resolvieron para él los misterios de la
vida, pero su concepción del mundo quedó hasta cierto punto marcada por la
influencia budista; el hermoso relato Siddhartha (1922), la leyenda
de la pureza del joven brahmán Buda, no es el único testimonio de ello. En
su obra se entrelazan de modo absolutamente peculiar las más diversas
combinaciones de ideas, tomadas prestadas de Francisco de Asís y de Buda,
de Nietzsche y de Dostojewsky, en un grado que podría tentar a considerar
a Hesse, en principio, como un experimentador ecléctico de diversas
concepciones del mundo. Pero eso es totalmente erróneo. Su honestidad y
equilibrio son los fundamentos ideales de sus obras, y no abandona esta
línea ni siquiera al tratar los temas más osados. En sus novelas cortas de
éxito, su personalidad se nos muestra de forma directa e indirecta. Su
estilística, siempre merecedora de toda admiración, alcanza su plenitud
tanto en la exposición demoníaca del éxtasis agresivo como en las
pacíficas consideraciones de la filosofía esclarecida de la vida. La
historia de Klein, aquel ladrón desesperado que huye a Italia para
aprovechar allí su última posibilidad de felicidad, y la maravillosa y
fluida descripción de Hans, el hermano fallecido, en "Gedenkblätter"
("Recuerdos del pasado", 1937), son ejemplos maestros de ámbitos muy
distintos.
Un puesto especial en la obra de Hermann Hesse le corresponde a la
ambiciosa novela Das Glasperlenspiel ("El juego de abalorios",
1943), una fantasía sobre una asociación secreta espiritual al estilo
heroico ascético de la Orden Jesuita, que se basa en el ejercicio de una
especie de terapia meditativa. Esta teoría del pensamiento exige máxima
consideración. El concepto del juego y su papel dentro de la cultura lo
aborda en un plano asombrosamente igual el meditado estudio del holandés
Huizinga, "Homo ludens". La idea de Hesse desemboca en un doble
significado. En una época del desmoronamiento, considera que le
corresponde la tarea de salvar las tradiciones culturales. Pero, a la
larga, la cultura no puede conservar su fuerza si se limita sólo a una
pequeña parte. Si la multiplicidad de conocimientos se pudiera trasladar a
un juego formalmente abstracto, eso sería, por un lado, una prueba de que
la cultura se fundamenta en un misterio orgánico, y, por otro, este máximo
conocimiento no se podría considerar algo inmanente, sino que sería suave
y frágil como perlas de cristal, y el niño que encontrase los destellantes
fragmentos en los escombros de unas ruinas no sabría ya lo que significan.
Una novela que tenga por objeto una concepción sólida del mundo corre
fácilmente el riesgo de ser considerada ajena al mundo, pero precisamente
contra esto defiende Hesse su planteamiento con algunas líneas elegantes
al principio de su libro: "... pues puede que, también en cierto sentido y
para personas superficiales, las cosas que no existen se puedan describir
con más facilidad y menos responsabilidad por medio de palabras que las
que existen, pero para el historiador religioso y concienzudo sucede justo
lo contrario: nada se escapa tanto a la exposición por medio de las
palabras y nada es tan necesario colocar ante los ojos de los hombres que
ciertas cosas cuya existencia no es demostrable ni probable, pero que,
precisamente por el hecho de que personas religiosas y conscientes las
tratan en cierto sentido como cosas reales, se aproximan un paso más al
ser y a la posibilidad de llegar a nacer."
Sin embargo, si la creación en prosa de Hermann Hesse no llegase a gozar
un día de tanta estima como al comienzo, su obra lírica destaca por encima
de toda duda. Tras la muerte de Rainer Maria Rilke y de Stefan George, él
ocupa el primer lugar como poeta lírico contemporáneo en lengua alemana.
Combina una selecta pureza del tono con una conmovedora calidez del
sentimiento, y la nobleza de su forma musical es hoy prácticamente
insuperable. Continúa la línea de Goethe, de Eichendorff y de Mörike, y de
nuevo aporta un colorido absolutamente personal a la magia de lo poético.
La tragedia de su interior, sus horas sanas y enfermas, la intensa
comprobación de su conciencia, el sacrificio que realiza a la vida, sus
ganas de contar cosas y su culto a la naturaleza, todo ello se refleja con
desacostumbrada claridad en la colección Trost der Nacht ("Hacia la
noche") de 1929. Una colección posterior de Neue Gedichte ("Nuevos
poemas", 1937) exhala sabiduría madura y está impregnada de experiencia
desconsolada, pero irradia la ternura del sentimiento en la descripción de
imágenes, de la atmósfera y de la armonía de los seres creados.
En una descripción característica tan escueta no es posible destacar como
merecen las múltiples obras que distinguen a este autor tan dominante, y
que con todo derecho le hicieron ganar una gran cantidad de fieles
admiradores. En sus poemas confesionales expresa el carácter alemán del
sur con una mezcla muy personal de desvinculación y religiosidad. Si se
tiene en cuenta la continua tendencia a la rebelión, ese fuego incansable
que convierte al soñador en luchador cuando se trata de cosas para él
sagradas, se le podría incluir entre los románticos. En cierto momento
dice sobre la realidad que uno no se puede dar en absoluto por satisfecho
honrándola y respetándola, pues esa miserable realidad, con frecuencia
engañosa y no creativa, sólo se puede cambiar si no se percibe, si se
demuestra que somos más fuertes que ella. Por lo tanto, la distinción que
se reconoce a Hermann Hesse es más que la confirmación de la fama. También
quiere situar bajo la luz correcta una creatividad literaria que en su
conjunto muestra la imagen de un hombre bueno que ha luchado, que ha
seguido su profesión con fidelidad sin parangón y que, en una época
trágica, consiguió mantener en alto la bandera del auténtico humanismo.
Lamentablemente, su estado de salud no le ha permitido al autor viajar a
Estocolmo. Por eso el representante de la Confederación Suiza en Suecia
recogerá el premio en su nombre. Entonces el orador se dirigió al
representante de Hermann Hesse, el delegado suizo Dr. Henry Vallotton:
Excelencia, le ruego que ahora tome de manos de Su Majestad el Rey las
insignias del premio que nuestra Academia Sueca ha otorgado a su
compatriota Hermann Hesse.
Nobel
Lectures, Literature 1901-1967 (versión revisada)
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