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Hermann Hesse se consideraba poeta y no
político. Sin embargo, en 1912 abandonó la Alemania del emperador de altos
vuelos y "monarca de teatro" Guillermo II como "primer emigrante
voluntario". Después de la Primera Guerra Mundial hubo ofertas para que
aceptase un cargo político - por ejemplo en el gobierno bávaro de la
república de diputados -, pero Hesse siempre lo rechazó. "He fracasado en el
intento de dedicar amor a las cuestiones políticas", escribió en una carta
en 1917. Como fundamento de su reserva ante los cargos políticos alegó en
una ocasión: "No me interesa nada de lo político, de lo contrario hace mucho
que sería revolucionario. No tengo otra pretensión que la de actuar conmigo
mismo y con las cuestiones puramente intelectuales." Pero esto no significa
que Hesse haya sido apolítico. Hesse fue un defensor de la paz y un poeta de
la humanidad. "Pero la humanidad y la política", rezan sus palabras ya muy
citadas, "en el fondo siempre se excluyen. Ambas son necesarias, pero es
casi imposible servir a ambas a la vez. La política exige un partido, la
humanidad prohibe el partido." Al comenzar la Primera Guerra Mundial, Hesse
era uno de los pocos intelectuales alemanes que no participaron en el
entusiasmo general por la guerra. Desde 1914 hasta 1918 publicó dos docenas
de artículos críticos con la guerra en periódicos de habla alemana. A partir
de 1915 construyó en Berna una central para la atención al prisionero de
guerra. Criticó pronto al nacionalsocialismo. Sus libros no estuvieron
prohibidos en el Tercer Reich, pero se consideraban no gratos. Das
Glasperlenspiel ("El juego de abalorios") sólo pudo publicarse al
principio en Suiza. Muchos emigrantes políticos del Tercer Reich, entre
ellos Thomas Mann, encontraron asilo con Hesse, y muchos en estado de
necesidad hallaron en él apoyo financiero. |