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La vida y la obra poética de Hermann Hesse están
marcadas por un continuo enfrentamiento con las cuestiones de la
religión y la fe, que prácticamente se le impusieron desde la cuna.
Nació en una familia de orientación protestante pietista compuesta por
misioneros, predicadores y teólogos, contra cuya rigidez y severidad
se rebeló muy pronto. El intento de su padre por romper su cabezonería
a través de la educación religiosa hizo que se alejase cada vez más
del cristianismo. Junto al espíritu incondicionalmente pietista, en la
pía casa paterna de Hesse también había otras influencias religiosas:
gracias a la actividad del padre y el abuelo como misioneros en India,
muy pronto entró en contacto con el hinduismo y el budismo, y más
tarde se aņadió el estudio del taoísmo chino. Pero este camino ya no
condujo a un alejamiento del cristianismo, sino todo lo contrario: al
ocuparse durante toda la vida del fenómeno religioso, desarrolló la
idea de una síntesis de las religiones sobre la base de una mística
universal. Buscó la unidad de todos los seres humanos, un puente de
unión entre Oriente y Occidente. Siddhartha, y naturalmente Das
Glasperlenspiel ("El juego de abalorios"), la obra de su vejez,
son el testimonio literario de esta búsqueda de un dios durante toda
una vida. Hesse creía en "una religión fuera, entre y sobre las
confesiones, que es indestructible". Pero siempre fue escéptico frente
a los dogmas y las teorías. Escribió: "Creo que una religión es tan
buena como cualquier otra. No hay ninguna en la que no se pueda
convertir uno en un sabio, y ninguna en la que no se pueda cometer el
más estúpido fetichismo." |