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De hecho, pasé los años de la guerra en un entorno tan deleznable de política, espionaje, técnica de soborno y artes de aprovechamiento de la coyuntura, como por aquel entonces sólo se podían encontrar juntos y tan concentrados en pocos lugares de la Tierra, concretamente en Berna, en medio de la diplomacia alemana, la neutral y la enemiga, en una ciudad que se superpobló de la noche a la mañana y se llenó de diplomáticos, agentes políticos, espías, periodistas, compradores y traficantes. Yo vivía entre diplomáticos y militares, pero además trataba con personas de muchas naciones, incluso enemigas, y el aire a mi alrededor era toda una red de espionaje y contraespionaje, de traiciones, intrigas, negocios políticos y personales, ¡y de todo ello no me di cuenta en absoluto durante aquellos años! Se me escuchaba a hurtadillas, se me espiaba y vigilaba, de pronto era sospechoso ante los enemigos, o ante los neutrales, o ante mis propios compatriotas, y no me daba cuenta de nada; sólo mucho después me enteré de esto y de aquello, y no comprendí cómo pude vivir sano y salvo en medio de esta atmósfera. Pero así fue.Con el final de la guerra también se produjo la terminación de mi cambio y acabaron los sufrimientos de la prueba. Esos sufrimientos ya no tenían nada que ver con la guerra ni con el destino del mundo, ni la derrota de Alemania, que nosotros en el extranjero esperábamos con seguridad desde hacía dos años, tuvo en ese momento nada de terrible.