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Cuando los amigos me traicionaban, a veces sentía desconsuelo, pero no desasosiego, pues lo consideraba más bien una confirmación en mi camino. Esos que fueron amigos tenían mucha razón cuando decían que yo había sido antes un hombre y un poeta simpático, mientras que mi problemática actual era simplemente insufrible. Por aquel entonces hacía mucho que yo había superado las cuestiones de gusto o de carácter, y no había nadie que hubiese podido comprender mi lenguaje. Quizá esos amigos tenían razón cuando me reprochaban que mis escritos habían perdido belleza y armonía. Esas palabras sólo me provocaban risa, pues ¿qué es la belleza o la armonía para quien están condenado a muerte, para quien corre por salvar su vida entre muros que se desploman? Quizá, en contra de la creencia que había tenido toda la vida, yo no era un poeta, y quizá todo el esfuerzo estético había sido un mero horror. Podía ser, pero tampoco eso era ya importante. La mayor parte de lo que había visto durante mi viaje por los infiernos había sido un engaño y careció de valor, por eso quizá también pasara lo mismo con la ilusión de mi vocación o mis dotes. ¡Qué poca importancia tenía! Tampoco existía ya lo que, lleno de orgullo y alegría infantil, había considerado en tiempos mi misión. Hacía mucho que ya no veía mi misión, más bien mi camino hacia la salvación, en el campo de la lírica, de la filosofía o de cualquier historia así de especialistas, sino sólo en que unos pocos vivos y fuertes pudiesen vivir en mí su vida, ya sólo en la fidelidad incondicional a lo que en mí todavía sentía con vida.