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La fe en mi capacidad poética y en el valor de mi trabajo literario estaba por tanto enraizada en mí desde el cambio. Escribir ya no me satisfacía del todo. Pero el ser humano debe tener alguna alegría, y yo también la pretendía en medio de mi situación de necesidad. Podía renunciar a la justicia, a la razón y al sentido en la vida y en el mundo, había visto que el mundo funciona perfectamente sin ninguna de estas abstracciones, pero no podía renunciar a un poco de alegría, y la exigencia de esa pizca de alegría era una de aquellas pequeñas llamas en mí en las que todavía creía y a partir de las cuales pensaba crear de nuevo el mundo. Con frecuencia buscaba mi alegría, mi sueño y mi olvido en una botella de vino, y muchas veces me ayudó, ¡loada sea! Pero no bastaba. Mira por dónde, un día descubrí una alegría completamente nueva. Ya con cuarenta años, de pronto empecé a pintar. No es que yo me considerase un pintor o quisiera llega a serlo. Pero pintar es algo maravilloso, le vuelve a uno más alegre y tolerante. Después no se tienen los dedos negros, como sucede al escribir, sino rojos y azules. Por esta actividad pictórica también se enfadaron muchos de mis amigos. Ahí tengo poca suerte, pues siempre que abordo algo realmente necesario, satisfactorio y hermoso, la gente se vuelve desagradable. Quieren que uno siga siendo lo que era, que no cambie la cara. Pero mi cara se rebela, quiere cambiar con frecuencia, para ella es una necesidad.