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La concepción mágica de la vida siempre me fue muy querida; yo nunca fui un "hombre moderno" y siempre consideré que el "Goldener Topf" ("El puchero de oro") de Hoffmann, o incluso el de Heinrich von Ofterdingen, eran libros didácticos más valiosos que todas las historias universales y naturales (más aún, en éstas, cuando las leía, siempre había visto fábulas deliciosas). Pero entonces había comenzado para mí aquel periodo de la vida donde ya no tiene ningún sentido seguir desarrollando una personalidad acabada y más que suficientemente diferenciada, y seguir diferenciándola, cuando en lugar de ello pugna la tarea de volver a embutir el yo en el mundo y, en vista de lo efímero que es todo, recubrirse de los órdenes eternos e intemporales. Me parecía que expresar estas ideas o posturas ante la vida sólo se podía hacer a través del cuento, y como forma más elevada del cuento veía la ópera, probablemente porque no podía creer ya del todo en la magia de la palabra en nuestro profanado y moribundo lenguaje, mientras que la música me seguía pareciendo un árbol vivo en cuyas ramas todavía pueden crecer hoy las manzanas del paraíso. En mi ópera quise hacer lo que en mis poesías nunca había logrado del todo: darle un sentido alto y maravilloso a la vida humana.