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Hacía mucho que había avanzado lo suficiente por el camino oriental de Lao Tse y del I Ching como para conocer con precisión la casualidad y la mutabilidad de la llamada realidad. Ahora forzaba mediante la magia esta realidad en el sentido que yo quería, y debo decir que me causaba gran placer. Sin embargo también debo reconocer que no siempre me limité a aquel amable jardín que se llama magia blanca, sino que de vez en cuando la pequeña llama viva también me hacía pasar al lado oscuro.A la edad de más de setenta años, justo cuando dos universidades me habían distinguido con la concesión del título de doctor honorífico, fui llevado ante los tribunales por seducir a una joven muchacha por medio de la magia. En la cárcel pedí permiso para dedicarme a la pintura. Se me concedió. Los amigos me trajeron pinturas y útiles, y pinté un pequeño paisaje en la pared de mi celda. Es decir, una vez más había vuelto al arte y todos los naufragios que ya había vivido como artista no me pudieron impedir en lo más mínimo vaciar de nuevo esa dulce copa, construir otra vez, como un niño en un juego, un pequeño y querido mundo de juguete ante mí y saciar mi corazón en él, desprendiéndome otra vez de toda sabiduría y abstracción y sintiendo de nuevo la primitiva alegría de engendrar.