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Por lo tanto volví a pintar, mezclaba colores y mojaba el pincel, bebiendo otra vez con embeleso todos esos embrujos infinitos: el claro y alegre sonido del bermejo, el sonido puro y lleno del amarillo, el conmovedor y profundo del azul, y la música de sus mezclas hasta el gris más pálido y lejano. Feliz, como un niño, iba realizando mi juego de creación y pintaba un paisaje en la pared de mi celda. Ese paisaje contenía casi todo lo que me había producido alegría en la vida, ríos y montañas, mar y nubes, campesinos en la cosecha y un montón de cosas bonitas que me causaban placer. Pero por el centro del cuadro avanzaba un tren muy pequeño. Se dirigía hacia una montaña y ya penetraba con su cabeza en ella como un gusano en la manzana; la locomotora ya estaba en parte dentro de un pequeño túnel de cuya redonda boca salía un penacho de humo.Jamás me había encantado mi juego tanto como esa vez. A través de este retorno al arte no sólo olvidé que era un prisionero y un acusado, y que tenía pocas perspectivas de terminar mi vida en un lugar que no fuese una prisión, sino que con frecuencia olvidaba incluso mis ejercicios de magia y me parecía ser magia suficiente el que yo, con un fino pincel, crease un árbol diminuto o una pequeña nube clara. A todo esto la llamada realidad, ante la que yo de hecho había sucumbido por completo, hacía todos los esfuerzos por burlarse de mi sueño y por destruirlo una y otra vez.