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Casi cada día venían a por mí, bajo vigilancia me llevaban a recintos extremadamente antipáticos, donde en medio de muchos papeles estaban sentadas personas antipáticas que me interrogaban, que no me querían creer, que me gritaban en la cara, que me trataban a veces como a un niño de tres años y a veces como a un taimado delincuente. No hace falta ser el acusado para conocer este extraño y en verdad diabólico mundo de los despachos, del papel y de los expedientes. De todos los infiernos que asombrosamente el hombre ha tenido que crear, éste siempre me ha parecido el más infernal. Basta con que quieras trasladarte de casa o casarte, obtener un pasaporte o un certificado de nacimiento, para estar ya en medio de este infierno, para que tengas que pasar ácidas horas en la habitación sin aire de este mundo de papeles, para que seas interrogado por personas aburridas y, pese a ello, precipitadas y amargadas, que te gritan en la cara, y las declaraciones más sencillas y ciertas no encuentran más que incredulidad, y de pronto eres tratado como un niño de escuela y de pronto como un criminal. En fin, todos lo conocen. Me habría ahogado y podrido mucho antes en el infierno de papeles si mis pinturas no me hubieran consolado y alegrado una y otra vez, si mi cuadro, mi hermoso y pequeño paisaje, no me hubiese dado otra vez aire y vida. Estaba yo ante ese cuadro en mi cárcel, cuando los guardias vinieron corriendo con sus aburridas citaciones y quisieron arrancarme de mi feliz trabajo.